Por Santiago García Scardigno.
No se puede dudar que el radicalismo hoy es un sentimiento que se transmite de padres a hijos porque es sumamente difícil que un jóven decida por voluntad propia militar en un partido que históricamente no se posicionó en los extremos. Al mismo tiempo, la UCR siempre fue el segundo partido argentino, ya que siempre fue la oposición al peronismo. Así lo entendieron tus padres, y así lo entendió Raúl Alfonsín.

Cuando el Dr. Alfonsín decidió señalar que la UCR debía prepararse para perder antes que volverse conservadora, lo pensaba desde el lugar de un partido que secundaba en los comicios. Hoy nos hemos reducido a una tradición familiar que ha perdido hasta el cariño de los votantes de CABA (sitio que Alfonsín, hábilmente, pensó para ser la morada del partido radical).
Al escribir esto quiero que sepan, los que tienen mi edad, que sus padres, sean o no sean radicales, pensaron en la UCR como la reserva moral de Argentina. Esto incluye ser oposición al populismo en todas sus formas. Un dirigente debe asimilar este hecho y trasladarlo a la realidad pudiendo separar militantes de dirigentes. Los militantes no deben militar acuerdos que se dan en cuatro paredes; los militantes deben tener futuro y pasado. Hoy solo nos queda el pasado porque el presente no tiene futuro.
Toca trabajar para la construcción de lo único que necesita la UCR: un relato nacional que contemple nuestra histórica lucha contra los populismos en todas sus formas.
Quiero darle la ocasión de verle el alma a su viejo.
Hoy es innegable que el radicalismo se ha convertido, en gran medida, en un sentimiento heredado. Un legado familiar que pasa de padres a hijos porque, a diferencia de las fuerzas políticas que habitan los extremos, la UCR no ofrece consignas fáciles ni promesas mágicas. Requiere reflexión, historia y compromiso. Y eso, para un joven, no siempre es el camino más sencillo.
Desde su nacimiento, la UCR fue el segundo gran partido argentino: no por debilidad, sino porque asumió con dignidad el rol de contrapeso. Así lo entendieron nuestros padres, y así lo entendió también Raúl Alfonsín. Cuando el Dr. Alfonsín advertía que el radicalismo debía estar dispuesto a perder antes que volverse conservador, hablaba desde la convicción de que la coherencia ética es más valiosa —y más duradera— que cualquier victoria circunstancial. Pero nunca imaginó que la UCR desaparecería del plano electoral. No pintemos a los fracasos de “cruzadas patrióticas”.
Pero hoy, la realidad es otra. El radicalismo se ha ido reduciendo a una tradición afectiva, casi doméstica, que incluso ha perdido el cariño electoral de la Ciudad de Buenos Aires, ese territorio que Alfonsín, hábilmente, imaginó como el bastión natural del partido. Solo una organización con dificultades de identidad puede perder la confianza en el lugar que fue pensado como su hogar político.
Escribo esto para que quienes tienen mi edad recuerden que, radicales o no, sus padres vieron en la UCR la reserva moral de la Argentina. Y tenían razones para hacerlo. Porque ser radical siempre implicó una responsabilidad: ser la oposición permanente al populismo en cualquiera de sus formas, ya sea desde la derecha o desde la izquierda.
Un dirigente radical debe comprender este mandato histórico y trasladarlo al presente, diferenciando lo que corresponde a los dirigentes y lo que corresponde a los militantes. Los militantes no están para defender acuerdos tejidos en silencio dentro de cuatro paredes; están para encarnar una causa que tenga pasado y futuro. Hoy, lamentablemente, pareciera que solo nos queda el pasado, porque el presente del partido no logra construir un futuro visible.
Es hora de revertir esta tendencia. La UCR necesita, de manera urgente, algo que perdió y que no puede sustituirse con marketing ni nostalgia: un relato nacional. Un proyecto político que explique al país quiénes somos, qué defendemos y por qué seguimos siendo necesarios. Un relato que recupere nuestra lucha histórica contra los populismos —todos ellos— y que vuelva a conectar al radicalismo con la sociedad.
El radicalismo tiene una misión que ninguna otra fuerza puede asumir: volver a ser la conciencia democrática de la Argentina. Para lograrlo, debe animarse a reconstruirse y a mirarse sin excusas. Porque, aunque muchos lo hayan olvidado, este país siempre fue un poco mejor cuando el radicalismo tuvo voz, programa y coraje.
El autor es Santiago García Scardigno, abogado y ex presidente de la Juventud Radical.













Deja una respuesta