
Por Santiago García Scardigno
Contrario a lo que ocurrió en las elecciones legislativas del 2025, LLA se enfrenta a un escenario donde los núcleos duros tienen un piso alto de votos, pero la fragmentación no permitiría al gobierno ganar en primera vuelta. Hace un par de años era difícil imaginar un triunfo en primera vuelta para cualquier agrupamiento político; sin embargo, el mileísmo planteó con tanta insistencia la inexistencia de una oposición fuerte, que era razonable una victoria en un solo round.
Villarruel, Macri, Gebel y otros tienen intenciones de limar la base electoral de LLA, y así será si salen a la cancha. Esto obligará a Karina Milei a desarrollar una estrategia distinta a la del 2025, donde la “pureza” ideológica se impuso a las tradicionales articulaciones entre las fuerzas políticas. Claro, tampoco podemos desconocer que en aquel momento EE. UU. disparó un «cañón de dólares» (como dice Malamud) en favor de Argentina. Eso parece que no sucederá nuevamente debido a la debilidad interna de Trump.
Para tejer alianzas con otros sectores políticos hace falta entender al electorado. Primero hay que identificar al posible votante de cada espacio y, en segundo lugar, analizar si es un electorado apelable. Una vez realizada esta discriminación, encontraremos que hay personas y partidos que son compatibles con los votantes de LLA. Por ejemplo, los ya mencionados Gebel, Villarruel y Macri; puntualizando en este último, hay todo un partido detrás que comparte electorado con La Libertad Avanza.
Adentrándonos en los partidos (ya que hablamos del PRO), resta saber qué hará el segundo partido argentino: la UCR. El radicalismo no solo comparte electorado con LLA, sino también una histórica rivalidad contra el peronismo. Eso da lugar a que el centenario partido intente una aventura independiente —como reclaman sus bases más doctrinarias— o un tradicional acuerdo que beneficie a los «impotentes camaleones». Para este último apartado hay muchos apuntados, ya que la incapacidad de sumar votos por fuera de las internas partidarias y/o elecciones universitarias, vuelve seductora la idea de rapiñar otros espacios. Los intereses son claros: lugares en las listas o cónyuges en la Corte Suprema.
Tanto Karina como Kicillof (K-K) deberán definir si quieren morir con las botas puestas o si eligen abrir la billetera para comprar dirigentes y partidos. Lo cierto es que el piso de los extremos es alto; lo que les falta para ganar se mide, simplemente, en dinero y poder público.












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