Por Santiago García Scardigno
El «Chiqui» Tapia alegando persecución política y disfrazando a los jugadores de San Lorenzo e Instituto con la consigna “Basta de perseguirnos. La AFA somos todos” —mientras la hinchada cantaba “Chiqui Tapia botón”— es una muestra cabal de lo lejos que están los dirigentes de los socios, y ni hablar respecto del resto del pueblo. Lo mismo ocurre con Mayra Mendoza que envía a La Cámpora a pintar paredes pidiendo por «Cristina libre» mientras Quilmes tiene zonas inundadas como nunca antes había ocurrido.

Lo mismo ocurre con las dirigencias partidarias respecto a sus militantes y al pueblo argentino en general. Como bien señalaba Yrigoyen, los partidos deben nutrirse de la sociedad para no caer en la quietud; quienes se quedan inmóviles, mueren.
Recientemente se aprobó una reforma laboral que no contaba con el apoyo militante de los dos partidos populares de Argentina (PJ-UCR). Sin embargo, ambos fueron fundamentales, tanto en Senadores como en Diputados, para que saliera la norma. La dirigencia partidaria en el Legislativo desoyó a sus estructuras de territorio; en la política nacional, el peor enemigo suele ser siempre el interno.
El carozo del asunto es el siguiente: los dirigentes ya no pagan costos por traicionar. El pueblo argentino no tiene hoy la tendencia ni la capacidad de orquestar golpes de Estado como el del 2001. Entonces, alcanza con tener los resortes partidarios para acceder al Estado y buscar la manera de “alternar” ahí dentro, jugando a una democracia republicana de formas vacías.
Un gran problema del siglo XXI es el desencanto de una buena parte de la población para con el sistema democrático. Esto podría engendrar a un dictador y poner en jaque a la división de poderes sin caer, necesariamente, en la pérdida total de la democracia. Esta situación ya es evidente en países como El Salvador.
Por todo esto, es imperativo que los dirigentes se conecten de verdad con sus dirigidos. No alcanza con que graben videos tomando mate.











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