La cultura del bienestar: ¿Qué pasa cuando estar bien se convierte en una tarea más por cumplir?

Dormir ocho horas, pero con una rutina de sueño impecable. Levantarse a las 5 o 6 de la mañana. Tener una rutina de skincare. Caminar después de comer. Controlar el tiempo frente a las pantallas. Leer todos los días. Controlar métricas con relojes inteligentes: sueño, pasos, frecuencia cardíaca, recuperación, estrés, calorías.

Todos estos hábitos, sin duda, pueden ser saludables. Pero ¿qué pasa cuando estar bien se convierte en una tarea más por cumplir?

La cultura “wellness”

La cultura wellness se ha convertido en una verdadera narrativa cultural. Se trata de una búsqueda consciente e integral del bienestar que abarca aspectos físicos, emocionales, mentales y hasta espirituales. El movimiento surge, entre otras cosas, como respuesta a algunos de los desafíos de las sociedades modernas: ritmos de vida acelerados, altos niveles de estrés, sedentarismo y hábitos alimentarios poco saludables.

El concepto moderno de wellness comenzó a desarrollarse a mediados del siglo XX de la mano del médico y estadístico estadounidense Halbert L. Dunn, quien propuso pensar el bienestar humano más allá de la ausencia de enfermedad. El bienestar aparecía así como un proceso orientado a desarrollar el potencial de una persona en sus dimensiones física, mental y espiritual.

Pero algo que comenzó como un concepto y un proceso hoy también se convirtió en un bombardeo de exigencias amplificado por las redes sociales. Ya no se trata solamente de incorporar hábitos que permitan sentirse mejor. Alrededor del bienestar se construyó también un enorme mercado de productos, servicios, aplicaciones y dispositivos destinados a alcanzar esa vida saludable.

Un anillo para saber si se durmió bien. Un reloj para saber cuánto se caminó. Una botella para recordar cuánto falta tomar. Una balanza para medir el cuerpo. Una aplicación para recordar que hay que respirar. Suplementos para dormir, suplementos para entrenar, suplementos para recuperarse.

El bienestar como mercancía y mandato

La mercantilización del bienestar instala la idea de que para alcanzar una vida saludable también es necesario consumir. Y, al mismo tiempo, aparece otro fenómeno: la moralización de la salud. Si el bienestar depende exclusivamente del esfuerzo individual, no alcanzarlo puede convertirse en una nueva fuente de culpa. No dormir ocho horas, no entrenar lo suficiente, no alimentarse «bien» o no cumplir con determinada rutina deja de ser simplemente una circunstancia para transformarse en una especie de falla personal.

En ese sentido, la psicóloga deportiva Candela Pin aporta una mirada sobre lo que viven los jóvenes frente a esas exigencias: “El peso de las redes sociales y los medios de comunicación genera muchos más mandatos y exigencias. Porque no solamente uno tiene los mandatos familiares o el modo de crianza: a eso se le suman las redes sociales, que ya forman parte de cómo uno se piensa a sí mismo, cómo piensa el mundo y, de ahí, qué ideas ve y escucha. No es algo inerte”.

Hay tantas recomendaciones, relatos y storytellings en redes sociales sobre aquellas cosas que funcionan para “sentirse bien” que el bienestar puede terminar convertido en una lista interminable de cosas por hacer. Una lista que pocas veces contempla en profundidad las rutinas, posibilidades, tiempos o condiciones económicas de cada persona. Quedar por fuera de ese ideal también puede convertirse en una nueva fuente de ansiedad.

En este aspecto, Pin señala: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Está bueno que se hable de qué es saludable, pero sin el imperativo de ‘si no lo hago, no sirve”.

La especialista también advierte sobre el consumo impulsado por las redes: “Siempre la solución termina siendo intervenciones estéticas, consumo de suplementos cuando no se necesitan porque quiero tener más marcado el bíceps. Vitaminas, proteínas, suplementos y todos empiezan a tomar lo mismo cuando no hay una consulta profesional en el medio. Ese, sin dudas, es el problema de las redes. Sobre todo, a quién seguís: si es realmente un profesional o gente que está contando su experiencia. Hay que hacer hincapié en eso. Todos somos diferentes y necesitamos distintos entrenamientos, formas de nutrirnos y, en eso, siempre hay un profesional que puede ayudar”.

Quizás haya algo en esta cultura que llegó de forma imperativa y terminó convirtiéndose en un checklist, más que en un análisis profundo sobre en qué medida cada persona puede incorporar determinados hábitos, productos o rutinas a su vida. No todo es para todos. Y las exigencias no dejan de ser eso: un “deber ser” que, muchas veces, también genera estrés.

Pensar el bienestar como un checklist diario puede terminar aumentando el malestar y, al mismo tiempo, el consumo de productos que sostienen una industria multimillonaria. Según el Global Wellness Economy Monitor 2025, elaborado por el Global Wellness Institute, la economía mundial del bienestar alcanzó los US$6,8 billones en 2024, alrededor del 6,1 % del PBI mundial. El organismo proyecta que podría llegar a los US$9,8 billones en 2029.

Si sentirse bien se convirtió en un mandato, ¿cuánto negocio existe detrás de convencernos de que todavía no estamos lo suficientemente bien?

Las preguntas alrededor de esta cultura son infinitas. Hay hábitos que suman, pero también exigencias que agobian. Detrás del marketing del bienestar existe un negocio y, en paralelo, las redes sociales multiplican consejos presentados como “aptos para todo público”, aunque la vida de cada persona esté atravesada por tiempos, posibilidades y limitaciones diferentes.

Quizás ahí aparezca la principal contradicción de esta cultura: cuando la búsqueda permanente del bienestar empieza a generar más malestar que bienestar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *