Distintas ideas, un mismo electorado: los límites de la cautela radical

Por Matías Peronja

Deberíamos comenzar asumiendo el principal acierto del diagnóstico que hoy circula en los debates de la militancia bonaerense: el electorado al que aspiran la Unión Cívica Radical, el PRO y La Libertad Avanza es, en esencia, un mismo electorado. Sin embargo, allí donde algunos prefieren avizorar una coexistencia pacífica fundada en la diversidad de matices, la realidad política nos impone una lectura bastante más cruda. La Argentina histórica y contemporánea sigue articulándose bajo una divisoria de aguas ineludible: peronismo o antiperonismo.

Frente a esa arquitectura binarista, la pretensión de encontrar un «punto de equilibrio» sin disputar la hegemonía del espacio vuelve a poner en evidencia la mayor encrucijada del radicalismo contemporáneo: su incapacidad estratégica en la Provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para ser verdaderamente osado ante la oferta del PRO y LLA.

¿Por qué al radicalismo le cuesta encarar esa disputa con audacia en el corazón urbano y político del país? La respuesta no reside únicamente en un dilema doctrinario o comunicacional, sino en la distribución del crédito político.

En aquellos distritos donde la UCR gobierna y gestiona, el Partido retiene un crédito social e institucional propio que le permite sentarse a negociar desde la fortaleza territorial. Pero en el corredor PBA-CABA, la centralidad de la oposición dura al kirchnerismo fue usufructuada de manera sistemática por el PRO en su momento y por La Libertad Avanza en la actualidad. Ambas fuerzas lograron capturar el mandato de efectividad que demanda ese votante, que no es un antiperonismo de formas, pedagógico o moderado, sino una propuesta dispuesta a confrontar sin ambigüedades, de manera discursivamente tajante.

Al carecer de ese crédito de representación en el electorado antiperonista de la metrópoli, el radicalismo queda atrapado en una posición de cautela. Se muestra distante de la disrupción libertaria para no desnaturalizar su identidad republicana, pero al mismo tiempo resulta incapaz de disputarle el liderazgo del espacio, funcionando en los hechos como un espectador o un socio minoritario de las dinámicas ajenas.

Ahí reside la trampa del análisis que sugiere «acuerdos para no molestarse» o pactos de no agresión. El electorado no exige que las fuerzas opositoras compartan el mismo origen ideológico, pero sí demanda claridad sobre el rumbo. Intentar armonizar «distintos intereses» bajo la premisa de la moderación suele ser interpretado por la ciudadanía bonaerense y porteña no como moderación virtuosa, sino como falta de vocación de poder.

Es cierto que en las provincias donde la UCR encabeza gobiernos las alianzas responden a lógicas locales donde la razón prima sobre la pasión. Pero en el tablero nacional y en los principales distritos electorales, el debate ya se adelantó. Postergar esta discusión bajo la excusa de no distorsionar pesos internos o evitar tensiones solo profundiza la debilidad del Partido, mostrándolo ambiguo frente a un electorado que, en momentos clave, no suele premiar la tibieza.

No es menor señalar a su vez el contraste entre lógicas provinciales competitivas frente a un esquema nacional que brilla por su ausencia. Debemos tomar en consideración que el caudal ganador que llevó a Javier Milei al gobierno en gran medida consistió en la expresión del interior del país, lo cual es irónico viniendo de experiencias radicales como Provincias Unidas que intentaron capitalizar electoralmente la naturaleza federal de la UCR frente a la nula presencia territorial de La Libertad Avanza. A partir de este hecho, se llega inevitablemente a la conclusión de que el todo, lo nacional, es mucho más que la suma de sus partes, las provincias.

La Unión Cívica Radical no puede resignarse a ser una mera espectadora de la contienda entre modelos populistas y ofertas disruptivas. Para volver a ser una opción nacional competitiva, la dirigencia bonaerense y porteña debe entender que el crédito político no se hereda de la historia ni se concede por cortesía de otros partidos, sino que se construye ofreciendo un proyecto claro, con la audacia necesaria para liderar el espacio representativo y la firmeza imprescindible para no diluir el legado de nuestra propia causa.

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