La distancia entre Javier Milei y Victoria Villarruel parece haber cruzado un punto de no retorno. Tras pegar el faltazo al acto en la Basílica de Luján por el aniversario del pontificado de Francisco, la Vicepresidenta no se guardó nada y justificó su ausencia con una frase letal: se negó a participar porque, según su visión, en la primera fila «estaba lo peor de la casta política».
Villarruel, que viene marcando una agenda propia y mucho más cercana a los sectores conservadores tradicionales y la Iglesia, explicó que no estaba dispuesta a compartir una foto de «falsa unidad» con dirigentes del peronismo y el sindicalismo que, a su criterio, han utilizado la figura del Papa para intereses partidarios. El mensaje fue interpretado como un desplante no solo a los invitados, sino a la propia gestión de Milei, que envió una comitiva oficial buscando un gesto de distensión con el Vaticano.
Este nuevo cortocircuito se da en un contexto de frialdad absoluta entre los dos máximos referentes del Gobierno. Mientras el Presidente se enfoca en la reforma electoral y el ajuste económico, la titular del Senado construye su propio perfil, diferenciándose de las formas y las alianzas que teje el entorno más íntimo de Milei. Para Villarruel, la coherencia con sus votantes está por encima del protocolo oficial: «No me voy a sentar con quienes destruyeron el país para fingir una sonrisa frente a las cámaras», habría deslizado a su círculo cercano.
La confrontación interna ya no es un rumor de pasillo, sino una realidad política que condiciona el día a día en el Congreso. En la Rosada, el malestar es creciente; consideran que la Vicepresidenta juega «su propio partido» y que estas declaraciones entorpecen la delicada relación diplomática con la Santa Sede. Con el 2027 en el horizonte lejano pero presente, Villarruel eligió reafirmar su identidad política a costa de profundizar la grieta con «jamoncito».













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